Náufragos

Desde las profundidades del ser humano

Magdala Perpinyà Gombau

«(…) En un muro blanco dibujas las alegorías del reposo, y es siempre una reina loca que yace bajo la luna sobre la triste hierba del viejo jardín. Pero no hables de los jardines, no hables de la luna, no hables de la rosa, no hables del mar. Habla de lo que sabes. Habla de lo que vibra en tu médula y hace luces y sombras en tu mirada, habla del dolor incesante de tus huesos, habla del vértigo, habla de tu respiración, de tu desolación, de tu traición.»

Extracción de la piedra de la locura (1964)
Alejandra Pizarnik

El filósofo Roland Barthes sostenía que cualquier imagen contiene un elevado número de mensajes diferentes. La necesidad de adaptar esta evidencia a la creación contemporánea resulta imprescindible. En este sentido, los últimos trabajos de Jordi Urbón se inscriben en un juego dialéctico con la imagen que desborda los límites convencionales de la interpretación. No solo la resonancia simbólica y el carácter emblemático de los elementos que conforman su obra invitan a no constreñir las posibles visiones, sino que la riqueza narrativa de sus cuadros apunta hacia la diversificación de los significados.

Asistimos a imágenes surrealistas de personajes dentro de mundos ficticios, con ciertos matices desoladores, cargados de contenido y expresividad, que llevan al espectador a construir su propio relato. Aparentemente, podrían parecer escenas completamente alejadas de la realidad, pero lo cierto es que, a pesar de su carácter ficticio, se mueven en un territorio que no nos resulta en absoluto ajeno. Los personajes se proyectan en lugares inquietantes y los elementos oníricos de los que se nutren parecen dirigidos a remover las interioridades más profundas del ser humano. Es así como Jordi Urbón hace del arte un instrumento para la exploración de nuevos estados de conciencia.

Desde una minuciosa dicción plástica, Urbón desarrolla un lenguaje propio a partir de la exploración de diferentes técnicas y de la disolución de la hegemonía de una sola herramienta artística. Si bien la incursión del artista en los medios digitales podría hacer pensar que ha abandonado la pintura, lo cierto es que el vínculo con todo lo pictórico no desaparece, sino que se desplaza hacia nuevas estrategias de trabajo. Con este gesto, Jordi Urbón demuestra que los registros pictóricos pueden traspasar las fronteras convencionales y, tal vez, dejar traslucir la herencia pictórica de siglos pasados. Así, en el caso que nos ocupa, la utilización de diferentes procedimientos plásticos amplifica las estrategias de representación artística y propicia la transgresión de los límites semióticos de los géneros clásicos, con el fin de ofrecer al espectador códigos de interpretación más allá de los recursos empleados. El artista se sirve de una rigurosa construcción formal, cuyo resultado remite nuevamente al lenguaje pictórico, con la finalidad de que la técnica quede relegada a un segundo plano y de que la condensación metafórica que contiene cada elemento emerja sin límites coercitivos. De hecho, su manera de trabajar se inscribe plenamente en los procesos de mestizaje e hibridación de los dispositivos digitales que impregnan la creación contemporánea.

Jordi Urbón crea un espacio bisagra que se mueve en la ambigüedad, en el que convergen los aspectos más íntimos de la condición humana. Sus personajes parecen estar situados en una especie de encrucijada, en el umbral del abismo, en un territorio problemático que los aboca a un mundo desconocido. Ciertamente, podrían representar una metáfora de nuestros tiempos. La soledad, el aislamiento, la falta de comunicación o el desasosiego que atraviesa al hombre contemporáneo quedan al descubierto en una época en la que el individuo está condenado a vivir una realidad que lo arroja al desamparo, a lo inaprensible. Entonces, es a partir de la profunda imbricación entre las vivencias más individualizadas del sujeto y su proyección hacia el entorno como la obra expresa las fracturas del ser humano.